Personaje del año: La energía en sus manos

Eficiencia energética

Como físico encontró la forma de capturar átomos y ganó el premio Nobel. Ahora, como Secretario de Energía de Estados Unidos, organiza a científicos e ingenieros para transformar la mayor economía energética del mundo. Steven Chu vuelve a casa en un soleado día de octubre. La caravana de coches oficiales sube la cuesta de Cyclotron Road, atraviesa las aromáticas avenidas bordeadas de eucaliptos y pasa por delante del puesto de vigilancia del Lawrence Berkeley National Laboratory. Los vehículos siguen por Chu Road y se detienen casi en lo alto de la colina.

El hombre que ha dado su nombre a la calle entra en el Edificio 50, donde estuvo su oficina durante los cinco años en los que dirigió este laboratorio con vistas a la Universidad de California, Berkeley. Dentro del auditorio, 225 antiguos colegas esperan su llegada. Algunos llevan traje, otros van con sudaderas y sandalias. Se mastica la expectación. Poco antes de que llegue Chu, la gente guarda silencio. Unos guardias de seguridad con chalecos naranjas equipados con walkietalkies abren las puertas y Chu se dirige al estrado seguido de su séquito.

“Qué bien estar otra vez aquí -dice mientras abre su portátil-. Ya sabéis que yo mismo hago mis presentaciones de PowerPoint. Eso no ha cambiado.” Se zambulle en una desordenada y acelerada charla en la que aborda muchos temas bajo el denominador común del cambio climático. Llega a la diapositiva crucial, la que muestra los datos reales del aumento de la temperatura en todo el mundo, que superan lo que habría cabido esperar sin todo el dióxido de carbono que los humanos han arrojado a la atmósfera. “Ésta es la prueba -asegura-. Tengo que enseñarla muchísimas veces.”

Ése es su trabajo en Washington DC, donde Chu trabaja ahora como Secretario del Departamento de Energía (DOE) y forma parte del gabinete del Presidente Barack Obama. Es el primer científico con un premio Nobel que desempeña tan alto cargo en el gobierno de Estados Unidos.

 

“La necesidad es la madre de la invención y ésta es la madre de todas las necesidades.” – Steven Chu

 

Su misión es transformar la mayor economía energética del mundo y ha asumido su papel de persuasor compareciendo ante el Congreso para explicar las bases científicas del cambio climático y sus planes para combatirlo. En sus reuniones habituales con congresistas y senadores identifica a los escépticos y les explica los datos. “Les digo: ‘Venid a mi despacho y hablemos’ -explica-. Al menos les hago dudar. Si al principio están tan seguros de que se debe a causas naturales, a lo mejor después no están tan seguros.” También ayuda tener un premio Nobel, añade.

Al afrontar el problema más acuciante que tiene el mundo hoy día, Chu mira al pasado para trazar el camino futuro. El laboratorio de Berkeley del que fue director procede del Radiation Laboratory, donde el físico Ernest Lawrence encontró la forma de enriquecer el uranio para el Proyecto Manhattan. El equipo del químico Glenn Seaborg descubrió el plutonio y el físico teórico Robert Oppenheimer trabajaba al pie de la colina justo antes de marcharse a Nuevo México para construir las primeras bombas atómicas.

Chu piensa abordar el cambio climático reactivando la urgencia científica y tecnológica del Proyecto Manhattan, reclutando a algunos de los mejores cerebros del país para encontrar la forma de que haya energía sin destruir el mundo. Sus planes empiezan en su propia casa, intentando que el gigantesco Departamento de Energía apoye investigaciones más arriesgadas que podrían reportar enormes dividendos.

Con un presupuesto de 27.000 millones de dólares, el departamento cuenta con 17 laboratorios nacionales, supervisa las reservas nucleares de Estados Unidos y gestiona la limpieza medioambiental tras la primera era nuclear. Es la mayor fuente de financiación para la investigación de ciencias físicas de Estados Unidos, y este año Chu tenía muchos más fondos para repartir. Cuando sólo llevaba un mes en el cargo, el Congreso dio a la agencia 37.000 millones de dólares como estímulo económico; Chu está dirigiendo estos fondos a las energías renovables, la energía nuclear, las plantas piloto de captura de carbono y los proyectos destinados a modernizar la red eléctrica que deberían ayudar a solucionar el problema del clima. “Se dice que la necesidad es la madre de la invención y ésta es la madre de todas las necesidades -asegura-. Así que vamos a lograr la madre de todos los inventos. Y no va a ser solo una, tienen que ser muchas.”

En los años ochenta, Chu alcanzó renombre científico atrapando átomos con láseres afinados con la máxima precisión. Ahora está aplicando esta misma maestría para el detalle a un sistema mucho más complejo: un organismo de 100.000 personas que trabajen en todos los aspectos de la energía y en temas nucleares.

Algunos veteranos de Washington han cuestionado si el talento investigador de Chu y el estilo de gestión directa le servirán tanto en el DOE como en el duro ambiente político de la capital. Ha cometido algunos errores, especialmente en sus relaciones con el Congreso. Pero después de un año en su cargo, Chu ha demostrado que aprende deprisa. Se ha confirmado como una voz en la que pueden confiar políticos de distintas tendencias. Ha ayudado a salvar diferencias internacionales, especialmente entre Estados Unidos y China. Y ha conseguido que algunos de los principales científicos de la industria y las universidades vengan a trabajar con él en el DOE.

Carol Browner, consejera de Obama para asuntos del clima, suele trabajar con Chu como parte del “gabinete verde” del presidente, un grupo de funcionarios expertos que supervisan asuntos medioambientales. “Creo que va a ser el mejor secretario de energía de la historia”, dice. Las alabanzas también llegan de los políticos republicanos. Samuel Bodman, que estuvo al mando del DOE con el presidente George W. Bush, dice que Chu “ha demostrado su capacidad como gestor. Creo que el presidente estuvo muy inspirado al elegirlo”.

En los años cincuenta Chu vivía en un pueblo a las afueras de Nueva York donde él y sus dos hermanos aprendieron rápidamente que la excelencia académica -y la competencia- eran tradiciones familiares. Los chicos veían College Bowl, un concurso televisivo de los años sesenta, y “los tres gritábamos las respuestas e intentábamos ganar a los concursantes”, rememora Morgan Chu, el hermano pequeño, un prominente abogado de California.

Los padres de Chu salieron de China durante la Segunda Guerra Mundial y después de licenciarse trabajaron en el Massachusetts Institute of Technology (MIT) de Cambridge. El hijo mayor, Gilbert, siguió el camino del prestigio académico sumando licenciaturas en ciencias de la Universidad de Princeton en New Jersey y del MIT antes de doctorarse por la Universidad de Harvard en Cambridge, Massachusetts. Morgan obtuvo un doctorado en Sociología antes de entrar en la Harvard Law School. Steven, por su parte, era un estudiante de notable alto que prefería arreglar cosas a hacer los deberes. En una familia donde todos habían ido a universidades de prestigio, él dice que era la “oveja negra académica”, que se conformó con la Universidad de Rochester en Nueva York, donde estudió matemáticas y físicas. La presión familiar, dice, le frustró al principio, pero una vez en Rochester, floreció su facilidad para la ciencia. “De pronto las cosas que querían que hiciera me parecían naturales”, relata.

En 1970, cuando entra en la escuela de posgrado de Berkeley, empieza su historia de amor con el láser. Dedicaba de manera obsesiva toda su energía a un trabajo que antes le parecía una lata. “Nunca se me ha dado bien repartir el tiempo -explica-. Cuando algo me apasiona, me engulle. Parece que es una cualidad que tienen los mejores científicos.” Otro estudiante de posgrado de Berkeley, Phil Bucksbaum, recordaba que casi se pegó con Chu porque se “creía el dueño de los láseres”, hasta que un tercer estudiante que había conocido a Chu en Rochester le explicó a Bucksbaum: “Siempre ha sido así: dedicado y brusco”, cuenta Bucksbaum.

El trabajo de posgrado de Chu con luz polarizada para sondear transiciones atómicas fue lo suficientemente bueno para que le ofrecieran un trabajo en los Laboratorios Bell de New Jersey, por aquel entonces la utopía de la investigación de base. Chu prosperó, pero también hizo sacrificios. A medida que avanzaba su trabajo, pasaba más tiempo lejos de casa, dice su ex mujer, Lisa Chu-Thielbar. A veces escondía a Geoffrey, su primogénito, bajo el abrigo y lo llevaba al laboratorio para que viera a su padre. “Siempre fue primero científico y después padre”, dice el segundo hijo de Chu, Michael, quien no culpa a su padre por centrarse en su objetivo, lo que le ha permitido llegar tan lejos. “Su ambición era intelectual y científica. Steve nunca se preocupó por el dinero. Ni siquiera por los ascensos”, dice Chu-Thielbar.

Después de siete años en los Laboratorios Bell, en 1985 Chu descubrió cómo cazar átomos. Entrecruzó seis láseres para formar lo que denominó una “melaza óptica”, una masa pegajosa de fotones. Los átomos se frenaban hasta casi quedar inmóviles, volviéndose lo suficientemente lentos como para que las fuerzas electromagnéticas de otro láser los detuvieran.

Un año después, en el invierno de 1986, Chu vislumbró los fundamentos del premio Nobel a través de las ventanas de una cámara de vacío. Los átomos de sodio, enfriados en melazas ópticas hasta 240 millonésimas de grado por encima del cero absoluto, se volvían de color naranja brillante a medida que caían, uno a uno, en una trampa del tamaño de un grano de arena. Una foto en color, la primera que se publicaba en Physical Review Letters, fue la demostración de su éxito (Chu S, Bjorkholm JE, Ashkin A y Cable A. Phys Rev Lett 1986; 57: 314-7). El trabajo encontraría aplicaciones en varias disciplinas. A los biólogos les proporcionó “pinzas ópticas”, la forma de manipular biomoléculas individuales como el ADN. Y a otros científicos atómicos les dio las herramientas para crear condensados de Bose-Einstein, los estados superfríos de materia que pueden atrapar la luz y detener fotones, invirtiendo la técnica original de Chu.

 

“Steve nunca se preocupó por el dinero. Ni siquiera por los ascensos.”
– Lisa Chu Thielbar

 

En 1987, Chu estaba preparado para regresar a la vida académica. Recibió ofertas de Harvard y Berkeley, pero le seducía la idea de colaborar en la construcción de un departamento de física menos famoso en la Universidad de Stanford en Palo Alto, California. Era un buen plan. A partir de 1995 Stanford se convirtió en un centro neurálgico; los físicos de esta universidad obtuvieron cuatro premios Nobel seguidos, incluido el de Chu en 1997. Mientras permanecía en Stanford, Chu empezó a moverse en nuevas direcciones, tanto personal como profesionalmente. Se divorció de Chu-Thielbar y se casó con la física Jean Fetter, ex decana de admisiones de Stanford. Preparó a posgraduados con interés por la biología y convenció a la administración de Stanford para que construyera un centro de biofísica de 150 millones de dólares.

Pero en 2004, justo después de terminar el centro, el Lawrence Berkeley National Laboratory (LBNL) vino a buscarle. Chu, que nunca había dirigido nada más grande que un departamento de física, estaba preparado para dar el salto y dirigir el laboratorio, que ahora tiene 4.000 empleados y un presupuesto de 650 millones de dólares. Mostró su valía desde el principio, obligando a la organización de la Universidad de California, que gestiona el LBNL, a endeudarse de forma inaudita para financiar nuevos edificios para el laboratorio y luchando para conservar los planes de pensiones de los empleados. Chu discutió personalmente en nombre de sus empleados con el presidente de la organización de la Universidad de California hasta que éste cedió, relata Graham Fleming, químico en Berkeley y segundo de Chu por aquella época. “Si un argumento no servía, lo intentaba con otro”, añade.